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PICHI EPEW: EL PEÑI RAMON QUICHIYAO



EL PEÑI RAMON QUICHIYAO

Por Javier Milanca Olivares

El peñi Ramón Quichiyao se puso niño y se puso manta de lana cruda y salió a escribir arboleando hasta que las propias cordilleras de Llifen aprendieron a cantar su antigua memoria. De más grande se puso profesor y manta de lino normalista y pizarreando en las escuelas hizo que las letras despertaran más temprano. Después se puso manta humilde y se puso escritor y fue elegido como el hablador de la selva valdiviana, el vocero de la Puihua Hembra, el cantante de los viejos de aserradero que se vuelven ñonchos de tanta máquina y chuecos de tanta Tota. Se puso un lápiz en la mano y otro en la oreja para ser el werken mojado de las hojas de Nalca, el representante por unanimidad de los esteros nuevos cuajados de berros y el contador oficial de las Chilcas coquetonas rebosantes de campanas. Y olvidado fue olvidando. Los que antes lo abrazaron no le devolvieron las brazos, los que lo aplaudieron no le devolvieron las manos y los que lo usaron no le devolvieron la memoria. El peñi Ramon Quichiyao se puso entonces manta de olvido para no enojarse con los sordos llenos de oídos y con los ciegos llenos de ojos. Hasta que al final, persistente como el olor de la Tepa partida, el Peñi Ramon se puso manta de eternidad y aunque no lo recuerden en las cenas de mantel largo, él persistirá en las sopaipillas multiplicadas de las gentes simples y aunque crean que ya no escribe lo seguirá haciendo cada vez que los Urcos mañaneros picoteen las ventanas de las casas viejas o cada vez que el Chucao cante entre los kilantos, haciendo resonar al bosque entero, historias que ya nadie más volverá a descifrar.

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