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PICHI EPEW : EL MAESTRO PAILLALINKO



EL MAESTRO PAILLALINKO.

JAVIER MILANCA


El Maestro Paillalinko es un jardinero viejo. Lleva todos los días a su mujer a los jardines en una silla de ruedas que rueda bastante poco porque no puede dejarla sola y perdida en esas telarañas con que el Alzheimer altera los cajones en el cobertizo de la memoria y el entendimiento. Sin embargo, ella pareciera haber sido condenada a volver a una infancia feliz pues la mayor parte del tiempo está riendo con él, con un perro que vuela, o con una gotera que repite refranes sucios. Ríe con el que va, con el que viene y hasta ríe con el que no quiere y ahí recién uno se da cuenta de lo maravilloso que es reírse sin saber por qué. A veces, cuando ella duerme una risueña siesta, el maestro la pone a buen recaudo, la cubre con una manta que cubre bastante poco y va fugaz por su caña de vino, portento que ocurre varias veces al día. Cuando ella está despierta, el maestro le corta hortensias parlanchinas que le cuentan secretos picantes del barrio o le regala caracoles avispados que le cantan canciones mexicanas antiguas. Por la tarde se van a su casa destartalada, hermosa para un cuento, por esos neumáticos en el techo, pero muy mala para el invierno, por esas ventanas de nylon. Se van felices, una riendo de todo y el otro riendo de vino. Al final la risa es una flor que a uno le nace en la cara, depende con que se la riegue, me contó el Maestro Paillalinko.

Comentarios

hemany dijo…
Hermoso relato, la vida cotidiana tiene mas encanto que la imaginación cuando se está tan atento al entorno.
Gracias por este bello encuentro con dos seres perfectos y mágicos como lo son dos ancianos caminando la vida juntos sin importar el tiempo y las cisrcunstancias.
simplemente hermoso.

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Llegó la mujer blandiendo su vientre habitado, engrillada de tobillos pero no de útera, cautiva de gendarmes pero no de florecimiento, presa política por sentencia pero con todas las lunas libres en su cuerpa. No hubo árboles buenos para su koñiwe, pero sí una bolsa  de basura negra. No tuvo dos pifilkafes pero sí dos carceleros. Cuando el grito  de nacimiento iluminó la oscuridad de la sala- cárcel una nueva vida de Cayana Azul gritó por los cuatro confines de la munda. Lorenza Kayuhan ganó, pues no hay amarras capaces de encadenar al azul más libre de los azules. Y los sabios lo dijeron: cuando se nace encadenado se crece rebelde.