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EL PUENTE DE FIERRO DE LOS LAGOS





EL PUENTE DE FIERRO DE LOS LAGOS
Javier Milanca

Persistiendo después del musgo
Volviendo con nuevas palabras sobre las primeras
Estaba ahí ese macizo trébol de fierro invierno
Incrustado en el lienzo salvaje del Collilelfu
Donde las aguas cambian de color, de moléculas más no de nombre
Se ha tejido de óxido y condecorado orgulloso
Con la greda roja del río

Allí pasó un trencito haciendo crujir su osamenta de niño viejo
Raudo al encuentro de la geografía
Cargado de almas y de leña
Certero las cordilleras de Riñihue
Allí volvieron de hacerse hembras
Las niñas después del sexo silvestre
Entre sus barrotes
Abiertos cundió el oro de los primeros besos
Allí escondieron sus alas los alados suicidas
En su vuelo furioso.
Allí se vivió la clandestinidad de los primeros cigarros.
Comenzó la hermandad a bautizarse de pisco y otros opios verdes
Por allí pasaron cantando tantos hombres su cansancio
Atravesaron las mujeres con su mosqueta y sus garbanzos
Allí pasaron, ellos dos amantes
Y saltaron al vacío como dos crucificados
Y comprendimos que a veces el amor es el mejor amigo de la muerte

Fábula sobre el metal y la madera
Levantado por carrilanos toscos y transparentes como piedras de río
Espejismo entre la niebla y la garúa
Pintado por el bello óleo del músculo obrero
Apuntando hacia el norte como una flecha
Intacto como esqueleto de elefante dormido

Nosotros cambiaremos de piel y de pupila
Otros signos dibujarán nuestros nombres
Y cuando ya ni quede nuestro polvo de las sombras que fuimos
Permanecerá esa telaraña de fierro
Repitiéndose a si misma
De tarde en tarde y sombra total contra el río
Pareciendo un tren espejo a imagen y semejanza
Con la persistencia de las cosas que duelen
Intacto al igual que un lucero
Frio y presente cual si fuera un beso de moribundo
Bello y eterno como el vestido de una madr
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Llegó la mujer blandiendo su vientre habitado, engrillada de tobillos pero no de útera, cautiva de gendarmes pero no de florecimiento, presa política por sentencia pero con todas las lunas libres en su cuerpa. No hubo árboles buenos para su koñiwe, pero sí una bolsa  de basura negra. No tuvo dos pifilkafes pero sí dos carceleros. Cuando el grito  de nacimiento iluminó la oscuridad de la sala- cárcel una nueva vida de Cayana Azul gritó por los cuatro confines de la munda. Lorenza Kayuhan ganó, pues no hay amarras capaces de encadenar al azul más libre de los azules. Y los sabios lo dijeron: cuando se nace encadenado se crece rebelde.